Una reflexión en torno al
trabajo de Luis G. Mendoza
Octavio A. Rodríguez Yelmi
A mediados del siglo XX (incluso desde antes, incluso
después), don Fernando Benítez fue un gran impulsor, difusor y divulgador de
las artes, en especial de la literatura, a través de un extraordinario
suplemento denominado “La Cultura en México”, del periódico Novedades. No había
escritor de aquí o de allá, en ciernes o ya consagrado, que no publicara ahí
algún texto relacionado con el oficio literario; de modo que, con frecuencia,
en las páginas de ese suplemento aparecía algún ensayo, algún cuento, algún
fragmento de novela, algún poema, de creadores que con toda justicia
adquirirían gran renombre en nuestro medio, creadores tales como Carlos
Pellicer, Octavio Paz, Juan Rulfo, Rosario Castellanos, Carlos Fuentes, Elena
Poniatowska, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, y muchos otros.
Al paso del tiempo, el muy joven Monsiváis retomaría con
enorme capacidad la estafeta dejada por el maestro Benítez, y se haría cargo
del suplemento ahora denominado “México en la cultura”, generoso espacio en el
que también se comentarían las grandes obras que le han dado prestigio a la
literatura nacional y latinoamericana, europea y de otras latitudes, de tal
manera que en esas páginas también habrían de analizarse –entre otras- obras
tan importantes como El laberinto de la soledad, Pedro Páramo, Yo el supremo,
El siglo de las luces, Cien años de soledad, La tregua, La ciudad y los perros,
Doña Flor y sus dos maridos, Rayuela
y Las venas abiertas de América
Latina, por lo cual desde siempre –bueno, para mí desde la época de la
preparatoria- nos resultaron también familiares en nuestras torpes y petulantes
discusiones estudiantiles, los nombres de Roa Bastos, Carpentier, García
Márquez, Benedetti, Vargas Llosa, Amado, Cortázar y Galeano, autores que hoy
por hoy siguen siendo referentes deliciosamente obligados para las nuevas
generaciones de lectores y escritores que se comunican en español o en
portugués en esta región del continente.
Imaginar, entonces, la enorme responsabilidad que tuvieron
Benítez y Monsiváis para coordinar semanalmente y por mucho años sus
respectivos suplementos, es algo que provoca nuestra admiración. Es por eso que
yo respeto y elogio sin reservas el trabajo de Luis G. Mendoza, editor de “La Jiribilla” del diario Gráfico de Xalapa, pues cada semana Luis
se preocupa –con base en los criterios de apertura, pluralidad y tolerancia,
tal como enseñaran con su ejemplo aquéllos maestros- por ofrecer al público
páginas en las que se pueden encontrar poemas, cuentos, narraciones y otros
textos de autores xalapeños y de otras ciudades –algunas del extranjero-; de
este modo, en “La Jiribilla” leemos un
poema de Omar Romero, de Tehuacán; una narración de Acapulco, poemas desde
Argentina, Panamá, Colombia con el maestro Marco Tulio Aguilera; otros poemas
de Carlos Eduardo Lamas Cardoso, del D.F., radicado en Xalapa, y de Rocío D’
Ledezma, de Boca del Río; un cuento de Julia Orozco, de Madrid; más poemas,
ahora de Porfirio Mamani Macedo, peruano radicado en Francia, y de Cristina
Sánchez López, excelente escritora colombiana; otro texto de Lilia Ramírez, de
Orizaba y Marina Guerrero, así como muchos escritores más.
Luis G. Mendoza también escribe, y escribe muy bien.
Recientemente ha publicado una bella plaquette que lleva el nombre de Sin paracaídas; es titular de una página
de poesía en Facebook, denominada “Poesía a la carta”; imparte el taller de poesía “Libertad bajo palabra” en la
librería la Rueca de Gandhi , con lo cual contribuye al proceso de formación de
nuevos creadores; forma parte del grupo de Poesía sin permiso; está por
concluir una novela, y tiene en mente (¿cómo no?) la idea de publicar una
antología poética en la que se ofrezca una muestra de los trabajos que se han
dado a conocer a través de las páginas del suplemento cultural a su cargo.
Pero lo que mejor sabe hacer es contemplarse en los bellos
ojos de su amada, mujer que le quita el sueño, mujer que le da la vida:
Elizabeth.
Sin más, les presento una muestra de la excelencia de su
poesía:
¿Y QUÉ CON ESO?
Conozco tu sonrisa
y tu mirada,
tu risa de la noche,
el despertar de cada mañana.
Conozco lo negro y lo blanco de ti,
Tus alegrías y tu tristeza
Tu sabor
Tu aroma
Tu voz
Conozco cada centímetro de ti,
De tu piel,
De tu silueta,
De tus ojos,
de tu cara.
Conozco tu humor
Y tus enojos.
Conozco tus arrugas
Y conoceré tus canas.
Conozco tus manos y tus pechos,
Cada esquina de tu cuerpo…
¿Y qué con eso?
Si decidiste marcharte esta mañana.
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