domingo, 18 de agosto de 2013

Mujer que te quita el sueño, mujer que te da la vida


Una reflexión en torno al trabajo de Luis G. Mendoza


Octavio A. Rodríguez Yelmi

A mediados del siglo XX (incluso desde antes, incluso después), don Fernando Benítez fue un gran impulsor, difusor y divulgador de las artes, en especial de la literatura, a través de un extraordinario suplemento denominado “La Cultura en México”, del periódico Novedades. No había escritor de aquí o de allá, en ciernes o ya consagrado, que no publicara ahí algún texto relacionado con el oficio literario; de modo que, con frecuencia, en las páginas de ese suplemento aparecía algún ensayo, algún cuento, algún fragmento de novela, algún poema, de creadores que con toda justicia adquirirían gran renombre en nuestro medio, creadores tales como Carlos Pellicer, Octavio Paz, Juan Rulfo, Rosario Castellanos, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, y muchos otros.
Al paso del tiempo, el muy joven Monsiváis retomaría con enorme capacidad la estafeta dejada por el maestro Benítez, y se haría cargo del suplemento ahora denominado “México en la cultura”, generoso espacio en el que también se comentarían las grandes obras que le han dado prestigio a la literatura nacional y latinoamericana, europea y de otras latitudes, de tal manera que en esas páginas también habrían de analizarse –entre otras- obras tan importantes como El laberinto de la soledad, Pedro Páramo, Yo el supremo, El siglo de las luces, Cien años de soledad, La tregua, La ciudad y los perros, Doña Flor y sus dos maridos, Rayuela  y  Las venas abiertas de América Latina, por lo cual desde siempre –bueno, para mí desde la época de la preparatoria- nos resultaron también familiares en nuestras torpes y petulantes discusiones estudiantiles, los nombres de Roa Bastos, Carpentier, García Márquez, Benedetti, Vargas Llosa, Amado, Cortázar y Galeano, autores que hoy por hoy siguen siendo referentes deliciosamente obligados para las nuevas generaciones de lectores y escritores que se comunican en español o en portugués en esta región del continente.
Imaginar, entonces, la enorme responsabilidad que tuvieron Benítez y Monsiváis para coordinar semanalmente y por mucho años sus respectivos suplementos, es algo que provoca nuestra admiración. Es por eso que yo respeto y elogio sin reservas el trabajo de Luis G.  Mendoza, editor de “La Jiribilla” del diario Gráfico de Xalapa, pues cada semana Luis se preocupa –con base en los criterios de apertura, pluralidad y tolerancia, tal como enseñaran con su ejemplo aquéllos maestros- por ofrecer al público páginas en las que se pueden encontrar poemas, cuentos, narraciones y otros textos de autores xalapeños y de otras ciudades –algunas del extranjero-; de este modo, en “La Jiribilla” leemos  un poema de Omar Romero, de Tehuacán; una narración de Acapulco, poemas desde Argentina, Panamá, Colombia con el maestro Marco Tulio Aguilera; otros poemas de Carlos Eduardo Lamas Cardoso, del D.F., radicado en Xalapa, y de Rocío D’ Ledezma, de Boca del Río; un cuento de Julia Orozco, de Madrid; más poemas, ahora de Porfirio Mamani Macedo, peruano radicado en Francia, y de Cristina Sánchez López, excelente escritora colombiana; otro texto de Lilia Ramírez, de Orizaba y Marina Guerrero, así como muchos escritores más.
Luis G. Mendoza también escribe, y escribe muy bien. Recientemente ha publicado una bella plaquette que lleva el nombre de Sin paracaídas; es titular de una página de poesía en Facebook, denominada “Poesía a la carta”; imparte el  taller de poesía “Libertad bajo palabra” en la librería la Rueca de Gandhi , con lo cual contribuye al proceso de formación de nuevos creadores; forma parte del grupo de Poesía sin permiso; está por concluir una novela, y tiene en mente (¿cómo no?) la idea de publicar una antología poética en la que se ofrezca una muestra de los trabajos que se han dado a conocer a través de las páginas del suplemento cultural a su cargo.
Pero lo que mejor sabe hacer es contemplarse en los bellos ojos de su amada, mujer que le quita el sueño, mujer que le da la vida: Elizabeth.
Sin más, les presento una muestra de la excelencia de su poesía:

¿Y QUÉ CON ESO?

Conozco tu sonrisa
y  tu mirada,
tu risa de la noche,
el despertar de cada mañana.
Conozco lo negro y lo blanco de ti,
Tus alegrías y tu tristeza
Tu sabor
Tu aroma
Tu voz

Conozco cada centímetro de ti,
De tu piel,
De tu silueta,
De tus ojos,
de tu cara.

Conozco tu humor
Y tus enojos.

Conozco tus arrugas
Y conoceré tus canas.

Conozco tus manos y tus pechos,
Cada esquina de tu cuerpo…

¿Y  qué con eso?

Si decidiste marcharte esta mañana.